
La cosa está que arde, pero los calores del verano la camuflan. Las economías sacan sus flotadores y parecen empezar a cambiar la tendencia a la baja, aunque con resultados desiguales (Japón no está como para celebrar su presente frente a la recuperación de los ingleses, por ejemplo). La previsión se cumple con la Gripe A y empieza la carrera para ver quién caerá y quién no: las farmacéuticas se frotan las manos, los centros de salud tiemblan. Los dineros comprometidos en causas varias no podrán comprar a tantos billones de personas a lo lato y largo del globo: muchos seguirán el destino de sus colegas al ser despedidos y engrosando las listas del paro. El mundo empresarial del hemisferio norte hace balance para empezar el nuevo curso: ¿podrán comprar libros nuevos o deberán reciclar los de años anteriores? ¿Y las familias? El hemisferio sur preferirá dedicarse a recibir su periodo estival, cambio de turno. La decadencia política general rememora los estertores finales del Imperio Romano, veremos qué pasa con la cultura… de momento: Jacko-9 / Lady Di-1.
¿Y cuánto queda para Navidades?
Siempre me he considerado un "creador"; no un semi-dios, no, sino un ser que disfruta con la construcción y que sufre con la destrucción. Por destino, el presente abunda en la destrucción y eso me duele. Desde los ecosistemas hasta las promesas de vida, algo ha sido mal previsto y la rica despensa desaparece por momentos. Nos diluimos en la Historia y ello provoca un movimiento hacia delante, como no puede ser de otro modo… ¿o quizá retrocedemos de nuevo?
El júbilo de las fiestas playeras y la huida de las mentes bajo el sol padre llegan a su fin (para los pudientes): hay que arremangarse y concentrarse de nuevo en empezar a construir lo que no se haya previsto ya. Más vale intentarlo. La vida no espera. ¿Qué esperamos nosotros?
